Foucault, usos en educación

lunes, 11 de febrero de 2013

LA RAZÓN DEL OTRO MUNDO. UN ACERCAMIENTO A LA FILOSOFÍA DEL HOMBRE MESOAMERICANO PRECOLOMBINO EN EL POPOL VUH


Tibisay Vargas Rojas

Universidad Nacional Experimental
Rómulo Gallegos
Doctorado en Ciencias de la Educación
Cátedra: Gestión Investigativa
Facilitador: Dr. Alberto Torres
Sección: 5



Hay otros mundos, pero están en este.
                                                                                                                            Paul Éluard

COMO MANIDO PREÁMBULO

            Si algo ha hermanado al hombre en pensamiento y acción, ha sido la crisis. Del griego crisis (de krenein, juzgar), lo entendemos como extensión: periodo de manifestación aguda de una situación. La crisis pues, impulsa al hombre, fuera cual fuere su época o espacio, a pensar, a bucear en abisales dimensiones, o a rielar la leve superficie de lo obvio. Todo por resolver, salir ileso, trascender.

            En ocasiones una crisis se universaliza. La humanidad atraviesa situaciones políticas, sociales, religiosas, o sencillamente naturales, que le obligan substancialmente a un cambio de dirección, a otros derroteros, y surge un paradigma. De ese modo la Antigüedad, la Edad Media, y la no tan bien llamada Modernidad, han enarbolado paradigmas de pensamiento que han variado en función de la pluralidad cultural, más tienen su origen en los cambios suscitados por los aconteceres de turno. Así pues el carácter teocéntrico de la cosmovisión medieval, tuvo a Dios como eje del mundo, subordinó la razón a la fe.
            Esa afianzada relación teológica en el Medioevo, originó una perspectiva ontológica, y un pensamiento metafísico que orientó la factura de una doctrina del ser, y no es que el Medioevo se desligase de la razón, sino que recurriese a ella confiando en el afianzamiento de la fe. Y así pues, San Agustín y Tomás de Aquino entre otros, dan fe de un universo impulsado por Dios. De igual forma, la Modernidad, surgida en la Europa del siglo XV, desarrolló universalmente una apreciación del conocimiento totalmente diferente a la medievalista visión de la fe. Es la duda la que enarbola el pensamiento, del dogmatismo medieval, al escepticismo moderno, cuelga un puente de avatares que han hecho del hombre el ente plural que llena de páginas y acciones La Tierra.
            Pero todo ello, lo escrito y lo “hecho y entendido”, son el resultado de las “razones de un mundo”. Remontados a los llamados clásicos, a aquella “cuna de occidente” que fue Grecia, transitando un Medioevo igualmente occidental, y sobrenadando aun una Modernidad con el mismo sello, se han obviado muchas líneas que acuñan el apelativo “Oriente”, o sencillamente se ha asistido a ellas con la fascinación o el recelo al estar frente a una rara avis en la convicción de que no nos toca la sombra de siquiera una de sus alas. Pero allí ha estado el hombre: desde la sacralidad telúrica y plural del pensamiento filosófico de la India, hasta el depurado y minimalista cosmos deontológico del Japón, oriente ha sido la oscura cara de La Luna que, o no vemos porque no sabemos, o porque no queremos, pues no entendemos. El paraíso metafísico de oriente, tan fecundo en perspectivas filosóficas, va, desde muchas perspectivas materialistas, hasta un abanico de monismo espiritualista, y el no dualismo.
            Allí ha estado la tal vez difícil caracterización de la filosofía oriental en la abundosa manera de hacer pensamiento a través de letras que tenemos los herederos de occidente. También por supuesto, en el curioso devenir de la historia y sus autores, que se encargaron de unir puntadas, en un solo bastidor, obviando las intrincadas urdimbres de otros bien montados. Tal vez que de aceptar aquello de que la historia la cuentan los vencedores, hoy diríamos que los publicistas, y occidente ha gozado milenios de ellos.
            Pero no es para tocar ésta o aquella razón el motivo de estas líneas. Es para ir “allende los mares”, para salir de la ruta de los bastidores, que bien pudo o no unirse por puente de tierra, que suficientemente estable se ha mantenido desde la última esculpida geológica que el hombre tiene tatuada en su consciente o inconsciente colectivo. No. Estas líneas intentan asomarse a uno de los tantos bastidores montados con asombrosa estabilidad e ingenio, en el absurdamente llamado Nuevo Mundo.

MÁS ALLÁ DE LAS COLUMNAS DE HÉRCULES

     Como discípulo de Sócrates, Platón, con la magistralidad de su mentor, se manejaba en la dialéctica con la innegable precisión que aun asombra y emociona. De sus diálogos más impactantes desde un punto de vista que llamaríamos mítico, destacan el “Critias” y el “Timeo”, pues en ambas se expone, con vívida y puntual descripción, más allá de las denominadas “Columnas de Hércules” (estrecho de Cádiz, España), que se abrían hacia el océano Atlántico, la existencia de una isla fabulosa “cual continente”, que en la repartición de la Tierra por parte de los dioses, en lotes para cada uno, le tocó en suerte a Neptuno, y la hizo crecer hasta la estatura de potencia capaz de ser amenaza incluso para toda Europa, Asia, o mundo conocido, de no haber sido detenida por un cataclismo de proporciones diluvianas, propiciado quizá por otros dioses… En palabras de Platón, en el Timeo:
Porque relatan los escritos cómo vuestra Ciudad paró una fuerza, ¡y cuán grande!, que avanzaba, insolente e impetuosa, sobre toda Europa y Asia a la vez, salida de allá: del océano Atlántico. Porque tal océano era entonces navegable: que tenía ante su embocadura  - a la que vosotros denomináis, o llamáis, “Columnas de Hércules”- una isla, mayor que Libia y Asia juntas; desde ella había entonces para los viandantes paso a las demás islas; y desde las islas, a todo el continente que, frente a ellas, circunda tan realmente mar. Lo interior a esa embocadura de que hablamos, esto - lo nuestro - parece puerto de estrecha entrada. Mas aquel océano lo es realmente, y la tierra que enteramente lo circunda llamaríase, verdaderamente, “continente”. Pues bien: en esa isla “Atlantis” se constituyó con la de los reyes una grande y maravillosa fuerza que dominó la isla entera, y muchas otras islas y partes del continente. (Pág. 47)
            Pero ubicándonos en la no más realista crónica del mundo y su delineada geografía, ¿no podríamos reintentar el mito ajustándonos a la realidad cartográfica?: más allá de las Columnas de Hércules, está América. ¿Nuevo Mundo?, de Colón en adelante, ciertamente que sí, puesto que de necesidades y reinventos estaba ávida una vieja y oscurantista Europa rompiendo el cascarón medieval, pero si a bien vamos hoy día reconsiderando los hallazgos avalados por tecnología de punta, que en este siglo XXI mantiene el hacer y quehacer científico sin tregua, los restos arqueológicos, y demás vestigios que pululan en toda la extensión del continente americano, cuentan igual, si no más data, que los hasta hace poco considerados manifestación de los albores de la civilización en el resto del mundo. Pero no piedra, metal y cerámica se abordará en las próximas líneas, se esbozará, describiendo, lo que si se profundiza, tal vez consista en una sistemática crónica de las ideas de una civilización que delinea como ninguna conocida, el rico pensamiento abstracto y profundamente filosófico del hombre en una realidad hasta hoy desconocida.

“¡TIERRA, TIERRA!”... Y PENSAMIENTO BAJO ELLA…

La llegada del hombre europeo a América, resultó en el descorrimiento del velo medieval para el primero, y la mortaja para la segunda. El renacimiento de una Europa avejentada y retrógrada, impulsado por las ingentes riquezas americanas, abrió las puertas al conocimiento y al arte, los dos bastiones de la humanidad, pero también corrió una cortina infranqueable hacia quizá el verdadero tesoro del “Nuevo Mundo”: sus ideas.
            De oro, plata y piedras, bien abastecido el Viejo Mundo, dio cuentas para adquirir conocimiento en sus predios, emancipar su cultura, y lograr la puja entre las distintas monarquías imperantes y la absoluta Iglesia, y fue ésta, la principal detractora del pensamiento americano. Bajo el signo de la cruz, todo cuanto contradijera el dogma, debía ser destruido bajo sospecha o convicción de herejía. La “Santa Inquisición” señalaba, y de inmediato se descartaba la idea, se quemaba el códice, se fundía la imagen, se “ajusticiaba” al hombre.
            La pérdida no tiene quizá parangón en la historia de la humanidad, tal vez ni el diluvio universal sepultó tantos valores como la conquista de las mal denominadas Indias. Sólo el arrojo y la intuición, cuando no el conocimiento y comprensión de poquísimos hombres, casualmente religiosos, preservó los minúsculos fragmentos de un conocimiento que aun asombra por lo riquísimo y complejo. De ello, esbozaremos entre líneas.
  
UNA MIRADA… SIEMPRE DEL OTRO

Asistir a la escritura de un pueblo, es asistir a sus ideas. De ello adolece en muchos aspectos la historia de América. La sistemática destrucción de códices, bibliotecas enteras que avalaban el pensamiento y devenir de los pueblos americanos, el desconocimiento, en gran medida por la muerte de intérpretes y letrados ajusticiados por herejía, que imposibilitó la traducción de glifos o escrituras, así como la inexistencia de los mismos (caso de la cultura Inca en el sur), plenó de orfandad la historia de las ideas del continente.
            La fortuita intervención de hombres como Fray Bartolomé de Las Casas, que, a favor de los “indios” dio testimonio y preservó para la posteridad información valiosa sobre lo acontecido en América, o, la de Francisco López de Gomara, que igualmente testimonió, pero a favor de los conquistadores, son parte del escaso asidero de la crónica de la conquista y los quehaceres aborígenes. Ya Colón en sus cartas y diarios había manifestado su asombro ante el Nuevo Mundo, seguido por Andrés Bernáldez, Pedro Mártir de Anglería, Bernal Díaz del Castillo, y Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, entre otros. Pero hasta aquí la mirada del otro, a favor o en contra, pero del otro.

UN PUZZLE LITERARIO AMERICANO

El “Libro del Consejo” o “Libro de la Comunidad”, que es la traducción de Popol Vuh, se considera como tal vez el más importante documento literario de la civilización Maya precolombina. Su origen, autoría y data se ha perdido, y lo nimba una historia un tanto extraña, pues se cree fue quemado y destruido en el siglo XVI durante el incendio de la ciudad de Utatlán, capital del reino Quiché, Guatemala, perpetrado en 1524 por el conquistador Pedro de Alvarado, lugarteniente de Hernán Cortés. El texto, sin embargo, con todas las características de la epopeya, se conservó en la tradición oral hasta que probablemente un sacerdote maya lo reescribió en lengua quiché, pero con caracteres latinos. Y fue en 1701, cuando los dominicos fundaron un convento en Chichicastenango, que un sacerdote llamado Francisco Ximénez, descubrió en la sacristía de dicho convento el preciado documento. Es al padre Ximénez, clérigo dedicado al estudio y conocimiento de la lengua quiché, a quien se debe la salvación de la obra para la posteridad, además de su traducción al castellano.
            Tanto el Popol Vuh, como la obra del padre Ximénez, estuvieron olvidados en el convento de Santo Domingo, hasta que el Doctor Carl Scherzer, médico austríaco, obtuvo una copia del texto traducido y lo publicó en Viene en 1857. Tiempo después, el abate Carlos Brasseur de Boubourg, estudioso americanista, se traslada a Guatemala y obtiene la obra manuscrita del padre Ximénez, publicándola en francés, en París, en 1891, con el nombre que hoy se le conoce: Popol Vuh.

EL PENSAMIENTO DEL HOMBRE AMERICANO PRECOLOMBINO, FILOSOFÍA DE VIDA Y MUERTE

El extraordinario periplo acontecido al Popol Vuh, casi tan mítico como puede interpretarse su contenido, hace del texto un objeto de valor incalculable como muestra literaria de un mundo desaparecido, pero cobra aún más valor cuando su análisis sortea lo valioso de su núcleo histórico y factura literaria, instalándose en la sin par filosofía de una civilización con estatura y presencia. Tocar sus líneas es asistir al pensamiento de un lejano ser humano que habitó América, y del que seguramente se conservan vestigios en la particular idiosincrasia del americano contemporáneo.
            El texto original en quiché aparece en forma corrida, más, tanto el padre Ximénez, como el Dr. Brasseur, coincidieron en la división que hoy día conocemos, en cuatro partes, y que para el actual lector o estudioso, facilita su comprensión: una primera eminentemente teológica y cosmogónica, una segunda de carácter ético, y una tercera y cuarta con predominio histórico y etnológico. Esa primera parte cuyo valor teológico se ha llegado a comparar con la biblia judeocristiana, y otros libros de origen, con la particularidad de su politeísmo característico, presenta el origen de sus dioses, así como del proceso religioso de una civilización que pasa de la adoración de los animales, a la adoración de los astros, para desembocar en la adoración de seres con apariencia humana (antropomorfismo), y esa humanidad que adora, también es descrita dentro de un aspecto cosmológico desde su origen: no ha sido “hecha”, sino que “se fue haciendo” consonantemente con el proceso evolutivo, y perfectamente de acuerdo con una civilización agrícola. Reza inicialmente el Popol Vuh:
Este libro es el primer libro, pintado antaño, pero su faz está oculta [hoy] al que ve, al pensador. Grande era la exposición la historia de cuando se acabaron de medir todos los ángulos del cielo, de la tierra, la cuadrangulación, su medida de las líneas, en el cielo, en la tierra, en los cuatro ángulos, de los cuatro rincones, tal como había sido dicho por los constructores, los Formadores, las Madres, los Padres de la vida, de la existencia, los de la Respiración, los de las Palpitaciones, los que engendran, los que piensan. Luz de las tribus, Luz de los hijos, Luz de los lagos, en el mar. He aquí el relato de cómo todo estaba en suspenso, todo tranquilo todo inmóvil, todo apacible, todo silencioso, todo vacío, en el cielo, en la tierra. He aquí la primera historia, la primera descripción. No había un solo hombre, un solo animal, pájaro, pez, cangrejo, madera, piedra, caverna, barranca, hierba, selva. Sólo el cielo existía. La faz de la tierra no aparecía; sólo existían la mar limitada, todo el espacio del cielo. No había nada reunido, junto. Todo era invisible, todo estaba inmóvil en el cielo. No existía nada edificado. Solamente el agua limitada, solamente la mar tranquila, sola, limitada. Nada existía. Solamente la inmovilidad, el silencio, en las tinieblas, en la noche. Sólo los constructores, los Formadores, los Dominadores, los Poderosos del Cielo, los Procreadores, los Engendradores, estaban sobre el agua, luz esparcida. [Sus símbolos] estaban envueltos en las plumas, las verdes; sus nombres [gráficos] eran, pues, Serpientes Emplumadas. Son grandes Sabios. Así es el cielo, [así] son también los Espíritus del Cielo; tales son, cuéntase, los nombres de los dioses. (Pág. en línea)
Así también la segunda parte, tal vez la más profundamente filosófica, plantea la interrelación de los hombres y los dioses, el conflicto que viven los hombres entre el bien y el mal, y el castigo que merecen los humanos cuando no ajustan su conducta a las exigencias divinas. Ese hombre, creado luego de varias tentativas donde barro y madera resultaron infructuosos, ése, que finalmente de maíz fue constituido para beneplácito de los dioses, que veían en él un sempiterno adorador e incondicional servidor, también falló, pero no en su naturaleza física, sino del modo más temido e inesperado por los dioses: en su naturaleza racional. La rebeldía humana en fin, se transmitió generación tras generación haciendo siempre del hombre el hijo rebelde del padre divino, que se sabe finito, más se le hace inevitable transgredir las leyes paternas. Sólo un rapto de arrepentimiento, seguido de una oportuna y ajustada penitencia, mantiene esa particular relación donde el hombre pende del frágil hilo del perdón, que sin embargo, y pese al volumen de agravio, nunca se rompe. Tal vez, porque aunque ciertamente no como en la biblia, el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios, este hombre de maíz gozaba del paternal celo de sus dioses, que en la sacrificial forma de adoración de sus creaturas, sustentaban su amor. Así lo expresan las siguientes líneas del Popol Vuh:
Volcán. ¿Quién habla de los muertos de las tribus cuando los matamos uno a uno? [Así] se decían entre sí cuando iban ante Pluvioso, Sembrador, Volcán. Cuando se pinchaban las orejas, los codos ante los dioses, enjugaban la sangre y llenaban con ella la escudilla al borde de la piedra. En realidad no era al borde de la piedra a donde venía cada uno de los engendrados. Los de las Espinas, los del Sacrificio, se regocijaban de aquella sangre [sacada] de ellos cuando llegaba aquel signo de sus acciones. “Seguid sus huellas; tal es la salvación para vosotros…” (Pág. en línea)

La vida y la muerte hacen la diferencia entre hombres y dioses: los primeros las sufren, los segundos las sortean. Y en todos los libros de origen, la creación del hombre por parte de los dioses tiene un mismo fin, y sigue casi las mismas pautas. Ese paralelismo se hace revelador de la ascendencia única de la especie humana, y lo constatamos independientemente de la diversidad de los pueblos, que, aunque con matices distintos, tienen una forma casi simétrica de narrar sus orígenes, más, es innegable que el Popol Vuh descuella en poesía a través de sus metaforizaciones, la riqueza de sus imágenes, la pluralidad de sus elementos, y el calibre de su hermetismo. Sin duda alguna estamos frente a una muestra superior de la humanidad, de innegable carácter arcano, una voz “perdida en la noche de los tiempos”, que definitivamente demuestra que si América aún se considera “Nuevo Mundo”, su muestra humana puede denominarse el “Viejo y Sabio Hombre”.
BIBLIOGRAFÍA
           
Platón (1980) Timeo en: Obras Completas. Tomo VI. Caracas: Presidencia de la República y Universidad Central de Venezuela.
Popol-Vuh o libro del Consejo de los indios quichés. [Página en línea] Disponible: http://es.scribd.com/doc/52468977/anonimo-popol-vuh [Consulta: 2012 Noviembre, 15]

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